"Dicen del Valle
que es una tierra viva que cambia con cada estación.
Aseguran que bien podría llamarse la Suiza
Soriana. Cuentan que es hermoso, fresco, verde
y húmedo como un paisaje irlandés,
que en sus dehesas los robles son altos y anchos
y que aguardan esplendores junto a las carreteras
y los pueblos blancos. Dicen, cuentan, hablan…
y aún podrían explicar mucho más
si las palabras tuvieran precisión de tonos
y humedades, luces suaves, caminos cálidos,
un óvalo perfecto donde la aridez es sólo
una palabra extraña y ajena.
Un monte de vegetación
jugosa y heterogénea vigila El Valle. Es
La Cebollera, un mundo de ciervos y bosque con
el corazón abierto por una laguna glaciar,
en el que los senderos se abren a crestas y travesías.
Desde allí,
en los días despejados, se avecina el magnífico
nudo de tres provincias. Soria se prolonga -vegetal
y líquida- a un lado, La Rioja y Burgos
descansan al otro.
Desde la capital, El
Valle tiene dos entradas posibles. Una es la carretera
de Burgos y otra la de Logroño. La primera
ofrecerá un viaje entrañable por
una comarcal de rebollares, praderas suaves y
serranías que conducirá a Hinojosa
y El Royo. La segunda, que hoy tomaremos, abrirá
la puerta a la memoria.
A escasos kilómetros
de Soria está Garray, al pie de Numancia.
La cita trae Historia con mayúscula: arévacos
asediados durante dos décadas y muertos
de inanición y suicidio colectivo. Una
guerra de cercos en el 133 a.C. Numantinos y romanos
en El Cerro de la Muela. Basta un poco de imaginación
para hacer resucitar a los guerreros de Retógenes
y los soldados de Escipión. Dos casas,
una celtíbera y otra romana, pretenden
desde hace muy pocos años -ayer en este
tiempo de siglos- ayudar en este ejercicio de
reconstrucción. Regalan la excusa tridimensional
para que los ojos de cincuenta mil visitantes
anuales sean capaces de recomponer escenas de
hace dos mil años. En la oferta se incluye
la muralla levantada al fondo y el itinerario
con explicaciones de paneles, el aula abierta
en el pueblo, la necrópolis descubierta
que arroja más luz sobre esta civilización
animista... Imagine los campamentos, la atalaya,
los elefantes con los que Roma quiso conquistar
Numancia, la resistencia, el hambre, la autoinmolación
antes que la entrega. Vuelva a imaginar, observe,
tómeselo con calma. Es tiempo antiguo y
no tiene prisa.
El último fin
de semana de julio, y coincidiendo con las fiestas
de la localidad de Garray, Numancia se levanta
de nuevo. Los herederos de los pelendones sacan
desde hace algunos años vestidos, lanzas,
joyas y memoria, en una representación
en la que celtíberos y romanos toman la
historia para recordar, allí donde sus
antepasados prefirieron arder que rendirse, la
historia de una Resistencia en el Cerro de la
Muela.
Tras este viaje al pasado, quizá quiera
tomarse algo en Garray, darse un baño en
el soto si es verano o probar una de las piraguas
que alquilan. Coja el coche y, de nuevo carretera
y guía, llegue hasta el indicador de La
Rubia. A la izquierda, una casona del siglo XV
le sorprenderá por su excelente conservación.
Tiene tres torres, almena, escudo, un elefante
de siete trompas, ventana ajimezada, iglesia,
convento y una quesería en el antiguo monasterio
que se nutre de la leche de churras ojaladas.
Fíjese en las trompas enroscadas que se
repiten en la parte posterior y los lados: la
Casa Fuerte de
San Gregorio dibujó símbolos
que llaman a la recogida de alimentos. Desde allí,
y antes de dar la vuelta para volver a la nacional,
continúe por la comarcal hasta Matute
de la Sierra, buena muestra de pueblo abandonado
al que una cuidada reconstrucción en piedra
devuelve vida y encantos.
Podrá acercarse
hasta Almajano, si bien hasta allí llega
también una carretera desde la capital,
de la que dista catorce kilómetros. Como
buen pueblo de agostadero de los ricos merineros,
varias casas blasonadas del XVIII dibujan escudos
en las fachadas de piedra. La gran espadaña
de la iglesia quizá le regale los oídos
con el tañido de sus cinco campanas cuando
toma camino hacia la plaza Mayor. Allí,
una Casa Fuerte amurallada viste almena, balcón
corrido y puerta grande de sillería. Retenga
el emblema familiar. Lo volverá a encontrar
en Aldealseñor, donde la familia de los
Salcedo también esculpió el sauce
y los cinco corazones junto a las cadenas, los
rombos y las flores de lis de los Río (quizá
lo recuerde: son los mismos relieves que viera
en el Palacio de ventana esquinada de la capital,
hoy Archivo Histórico Provincial).
El porte de esta casa
solariega sorprende más en cuanto que sus
líneas suponen un contraste poderoso con
la humilde horizontalidad de La Aldea. Dejémosla
conversar con los cuatro vientos desde su gran
torre del XII mientras recorremos con la vista
y la historia un tiempo de revueltas entre navarros,
aragoneses y castellanos, en el que la vigilancia
distaba mucho de ser un elemento decorativo. Camine.
Dé la vuelta al perímetro amurallado.
Disfrute de la sillería y una solidez que
hoy está siendo rehabilitada, escrute el
perfil del palacio recortado sobre fondo azul,
fíjese en los arcos carpaneles que se dirigen
a la muralla... Y luego, desande el camino andado
para regresar a la carretera que le llevará
a hermosos escenarios de río y robledal
como Espejo de Tera -rescatado
del abandono hace años- o a una localidad
de piedra y encantos que sirve de puerta entre
El Valle y las Tierras Altas.
Almarza
es pueblo de arquitectura recia y pasado ganadero,
que ha dejado en herencia una iglesia del XVI
y el palacio de los Montenegro. En él,
hoy aula naturaleza de un colegio madrileño,
teje Gloria del Válor el arte de Penélope
y cuece artesas de tinte vegetal para darle color
al lino, la seda o el esparto. Si es agosto y
a primeros, quizá pueda comprar en la feria
comarcal miel, embutidos o mantequilla. Si el
día es seis y de enero, asistirá
al intercambio del arca entre Almarza
y San Andrés,
donde se conservan los privilegios reales que
aseguraban el uso de dehesas y montes comunales,
y que sólo puede ser abierta ante las autoridades
de ambas localidades (con una llave cada una).
Más allá,
a a muy pocos kilómetros de Almarza,
Gallinero ofrece uno
de los pocos restos del gótico civil de
la provincia, además de un camino de paisaje
dulce que conduce a la acebeda de Garagüeta.
La extensa mancha, una de las más importantes
de Europa, conforma un laberinto abovedado del
que hablaremos más tarde, cuando la vegetación
se nos cuele de lleno en el encuentro con la naturaleza.
También se nos vendrá a la boca
el robledal de Santos Nuevos, una de las dos ermitas
de Almarza, enclavada
en un monte sólido y centenario.
De nuevo en la carretera
general, el itinerario vuelve a obligarnos a desandar
lo andado hasta llegar a la carretera de Tera,
con casa solariega e iglesia góticas. Conduzca
por la carretera que lleva al corazón del
Valle. Vaya despacio. Disfrute. Está salpicado
de aldeas blancas en las que ir parando. Inúndese
los ojos de los robles de Rebollar, saborée
el camino a Rollamienta, desvíese al balcón
abierto sobre el valle del subyugante Villar del
Ala. Más allá está Aldehuela
del Rincón, con una dehesa de robledal
y montes de infinitas gamas vegetales. Aparecerá
en Sotillo. Quizá sea tiempo de sumergirse
en la piscina natural que aprovecha las aguas
del Razón. Hay miel de biércol y,
como en varias localidades de la comarca, buen
chorizo que poder comprar en el precioso caserío
mezclado con las casas de los Indianos (si los
vallejos hicieron las Américas también
las Américas son responsables de buena
parte de la fisonomía soriana, con hijos
que emigraron y fundaron Sociedades Filantrópicas,
financiaron carreteras, escuelas, frontones o
alumbrado y regresaron para tachonar la arquitectura
humilde de grandes edificaciones con sabor inconfundible).
Al desviarnos hacia
Villar y la Aldehuela, hemos dejado atrás
Valdeavellano de Tera. Basta con deshacer unos
cuantos hilvanes de la carretera para dar con
el pueblo de las cuatro fuentes -una por cada
barrio-, que circundan las sierras Cebollera y
Tabanera. Y una vez más, casas chicas y
grandes pintadas de blanco sobre terreno bañado
por el Razón y el Razoncillo, un encanto
dulcísimo en las calles y las plazas de
una localidad que cuenta con albergue de la Junta,
la hermosura fresca que no abandona ni por un
momento la magnífica esquina soriana...
Desde él, una estrecha carretera flanqueada
de bosque conduce a Molinos de Razón.
Hay quien asegura que
no sólo es importante llegar a un lugar
bello, sino que el camino que va hacia él
también lo sea. Ambas premisas se cumplen
con generosidad en la pequeña localidad,
desde cuya ermita se obtendrán espectaculares
retazos de valle y una fuente bautizada como La
Losera dejará adivinar la piedra pizarrosa
sobre la que se asienta la cercana Cebollera.
Damos la vuelta, que
así es el viaje y el camino no lineal en
el que nos hemos embarcado, por la carretera que
nos conducirá, esta vez a Sotillo. Desde
allí, el camino a El Royo será la
prolongación de policromías arboladas,
y aun podremos descansar en el kilómetro
17 (con parrillas y zona de baño), adentrarnos
hasta la poza cristalina del Chorrón, caminar
o pedalear hasta El Hayedo u optar por la Ermita
de la Virgen del Castillo, donde el impresionante
panorama de bosques y pantano esboza su fisonomía
sin desperdicio.
Cabecera de la mancomunidad
formada por Hinojosa de la Sierra, Langosto, Derroñadas
y Vilviestre de los Nabos, El Royo recibe con
casas de indianos, mansiones de sillería
y casas de piedra. Si el reloj o el estómago
le piden mesa, la oferta gastronómica es
variada. Si no, dé un paseo por las calles
y la plaza con cruz de piedra en el centro, posible
recuerdo de un antiguo rollo medieval. La emigración
ha dejado fuentes, colegios y altar de la Virgen
memoria de sociedades filantrópicas que
también aquí fundaran hijos de esta
localidad y la cercana Derroñadas. Y una
cita con las fiestas: cuna de dulzaineros, El
Royo celebra el fin de semana después de
la Virgen de Agosto un Certamen Nacional de Mantones
de Manila y su verbena es famosa en toda la provincia.
De regreso a Soria
para tomar la carretera que va a Burgos, enseguida
encontrará Derroñadas, casi aneja
a El Royo por los chalets que han ido pespunteando
la carretera. Una torre en una colina le anunciará
tras una curva el pueblo de Hinojosa de la Sierra,
con palacio renacentista del XVI, restos de castillo
y ribera del Duero con posibilidad de baño.
La pequeña aldea, hoy casi deshabitada,
se aferra a las muestras de un tiempo en el que
era señorío de los Hurtado de Mendoza,
y el esplendor le daba título de villa.
Si hay suerte con la humedad, la laguna que se
forma en el llano le saludará al pasar
entretenida en dar alimento a las cigüeñas.
Ya en la carretera,
cuando haya traspasado el puente sobre un Duero
en el que flotan los nenúfares, dejará
a un lado Oteruelos, al otro Pedraza, regresará
con las últimas luces dorando el monte
de Valonsadero. Llegará a Soria. Quizá
le dé la bienvenida con un atardecer quemando
el cielo. Si se ha enganchado a la comarca, sea
bienvenido a una adicción nada peligrosa
que cambiará -y sumará visiones-
en la siguiente estación en la que el cuerpo
y la entraña le pidan volver." |